lunes, 23 de abril de 2012

La Judería

Después de varios meses sin escribir en este blog, vuelvo para remediar a un gran fallo: no haber presentado nunca uno de mis restaurantes favoritos. Se llama La Judería y está al número 5 de la calle Judería Vieja, en Segovia. Vamos, aquí:


Es un restaurante de comida de Oriente Medio (siria, en particular), aunque se pueden comer también platos típicos españoles y segovianos. Lo cual sería un error. No que la elección tradicional no esté a la altura, sino porque se pierde la ocasión de comer algo distinto, rico y verdaderamente cuidado.

Y llego a explicar por qué es uno de mis restaurantes favoritos. Se trata de la manera de cuidar los platos, del cariño y del interés en prepararlo, desde la elección de los ingredientes hasta la manera de servirlos. Obviamente, la comida está riquísima, todos los platos (y creo haberlo probados todos...) están exquisitos, pero en la Judería se va más allá. Difícil explicar la sensatez en el uso de especias, la felicidad de reconocer la frescura y la bondad de los ingredientes, el cuidado en la preparación del plato...Diría que comer en la Judería te hace conocer la otra orilla de la dieta mediterránea...provare per credere!  

Algunos amigos segovianos me han comentado que el restaurante tenía un problema en el servicio: era demasiado lento. A mi también me tocó esta mala experiencia (remediada con la educación y la gentileza, dicho sea de paso). Se debía, sin duda, a la falta de personal y digo "se debía" porque desde hace un tiempo el servicio ha mejorado con nuevos fichajes. Mejor dicho, la velocidad del servicio ha mejorado, porque el servicio en sí es perfecto: educados, gentiles y disponibles, pero nunca serviles o pesados. 

Si alguien está pensando que en estos sitios nunca sabes que pedir y que no quiere comer "cosas raras", que no se preocupe: el personal del restaurante es muy disponible a la hora de explicar y aconsejar los platos. Eso sí, ir para comer "una de croquetas, una de bravas y una de pimientos de padrón" no tiene mucho sentido...La cocina se luce con los platos del otro lado de la tradición.  

PD: aquí encontráis algunas fotos, más datos y más opiniones sobre el restaurante. 

miércoles, 1 de septiembre de 2010

La pizza que no te esperas

Septiembre, mes de nostalgia, aunque algunos afortunados programan aún una semanita de relax en una tierra de buen comer, me lleva a los recuerdos. No soy de buena memoria (lo cual es bueno si os olvidáis de felicitarme el día de mi cumpleaños: ¡nunca lo sabré!), sin embargo recuerdo la sorpresa que me llevé este verano con una pizza (soy así de sencillo).

Me habían hablado de un restaurante que hace "la mejor pizza de Madrid"...Sé perfectamente la cara que puse cuando me lo dijeron: otra "mejor pizza de Madrid"...pero, ¡¿cuantas hay?! Y, como decía el gran Corrado:...e non finisce qui! Resulta que la "mejor pizza de Madrid" la hacen en pijolandia...eh, justo allí, ¡en La Moraleja! Sí, la "lujosa urbanización residencial situada en el municipio de Alcobendas, muy cercana a la ciudad de Madrid".

Ahora bien, se sabe que yo tengo mis prejuicios y mis manías: soy mayor, ¿que le vamos a hacer? Entonces, si alguien me dice que se come bien en un restaurante hecho y pensado por gente adinerada y acostumbrada a tenerlo todo, yo no me lo creo y pienso que, claro, algún listillo vende una pizza por 20€ y alguien menos listillo la paga y piensa: "Si vale tanto, tiene que ser buena...". Vamos, como aquellos que eligen el vino por el precio (por esto Francia exporta tanto vino...). Eh, sí, soy así...

La información acerca de "la mejor pizza de Madrid" en La Moraleja (!) había sido borrada de mí memoria (creo que tengo neuronas-rémoras que se ocupan de limpiar mi cerebro...), pero el destino me llevó a cenar (en óptima compañía, por cierto...) muy cerca del restaurante en cuestión y, por comodidad (sí, también los pobres son vagos...), acepté cenar "la mejor pizza de Madrid". Así que ahora tengo que decir que la pizza del 'Café Pino' es una buena pizza, la mejor pizza que he probado en Madrid, ex aequo con la de mi (ex) pizzeria favorita (algún día hablaremos de ella...). Eso sí, podrían copiar las clásicas pizzas italianas e incrementar la oferta, o sencillamente poner en la carta la pizza que yo pedí: una 'prosciuto' (¡sic!) con champiñones (¡no tener una 'prosciutto e funghi' es un delito!).

PD: Ya sé que estáis pensando: restaurante en La Moraleja=restaurante caro...po', ¡no! las pizzas no son nada caras.

Un álbum: 'Napoli. Punto e a capo' (1992, Renzo Arbore e l'Orchestra Italiana).

sábado, 15 de mayo de 2010

La comida del domingo pasado (II)

Me esperaba un GP de F1 aburrido, así que pensé que lo mejor era ponerse a cocinar y de vez en cuando echarle un ojo a la tele (y desgraciatamente un oído al señor Lobato...).

Hace unas semanas hice unos canelones con una receta del ya famoso Jamie Oliver y no salió mal, pero me quedé con el mal sabor de tener que rellenar pequeños trozos de pasta e intentar que se quedaran enrollados. Así que me dije: "Las santas mujeres de mi familia como lo hacen?". Y, en plan aparición de pelis años '80, me vino a la mente la imagen de mi madre con una cuchara de madera en la mano que me decía: "...se puede hacer también con las crepes". Me parece que el mensaje era más que claro. Manos a la obra, pues.

Así que me lo arreglé para hacer crepes por primera vez en mi vida (se agradeció mucho la ayuda que una buena persona me dió), preparé un ragú de carne picada y una masa de huevo, requesón y un poco de queso fresco de estos que no tienen sabor para agrandar el relleno (más nuez moscada).

Todo al horno con mucho grana y albhaca. Parece ser que el resultado fue optimo. Vamos, yo me comí cuatro super canelloni y me quedé más a gusto...

jueves, 29 de abril de 2010

La comida del domingo pasado (I)

Terminado el primer gran desafío de este año, he podido volver a los fogones. Relajante, como siempre. Así que el sábado yo estaba pensando: "¿Mañana que voy a comer? Tengo tiempo y el domingo merece ser celebrado con una comida en condiciones...".

Pensé en lo típico: pasta alla chitarra con ragú misto, gnocchi con ragú di maiale o ravioli con salsa di pomodoro (tomate)...Está claro, eso es "típico" para mí (o lo era...): son los platos que yo comería en un 'domingo italiano'. De repente me acordé que hace poco una amiga me dijo: "ayer hice una pasta con gamberi, zucchine e zafferano..."

- "Buena idea", dije.
- "No tienes la receta...", contesté.
- "Desafío!", grité.

Lo primero: el tipo de pasta...Sin duda larga. Y si fresca, mejor...pasta alla chitarra! Está claro que había que comprar gambas (gamberi) y calabacín (zucchine). El zafferano (azafrán) en mi casa no falta.


La preparación del plato la improvisé y creo que me salió bastante bien...No quise poner nata así que utilicé un poco de vino blanco (no tenía caldo de pescado y las gambas venía ya cocidas y sin agüita...sí, de ésta que queda en la bolsita...da como asquete, pero puede ser útil) para que no se quedara demasiado seco e intenté no cocer demasiado el calabacín.

Creo que voy a repetir la receta pronto: sencilla, rápida y muy rica!

...ya sé, ya sé: está mal que lo diga yo que estaba rica. Pero desafortunadamente nadie me acompañó en el desafío. 'Desafortunadamente' para vosotros! jejeje!

Un libro: 'Espera la primavera, Bandini', John Fante.

martes, 16 de febrero de 2010

La hipocresía del gato

Que mi país sea un país de contraste no es una gran novedad. Es el país en el que un jugador de fútbol no puede blasfemar, pero un eurodiputado puede pedir que la policía vaya "casa por casa" en busca de inmigrantes ilegales.

Ahora bien, Beppe Bigazzi, el "experto de cultura alimental" de La prova del cuoco, una especie de desafío a eliminación directa entre cocineros, ha sido despedido por explicar como se cocinan los gatos. Quiero aclarar una cosa: a mi este tío me cae fatal. Va de sobrado, habla con un acento marcadísimo y más que un experto de cultural alimental me parece un cuentacuentos que cuando no sabe que decir, lleva la contraria. Pero, en la única Circorepubblica del mundo, la diferencia entre el bien y el mal, la decide el audience y esto no puede gustarme…

Bigazzi (en la foto), 77 años de edad, explicó que la carne de gato se puede comer y él, por lo visto, lo hizo. Probablemente, tuvo que hacerlo. ¿Quién no sabe que antes la gente comía gatos cuando no tenía otra cosa? El experto explicó como prepararla y dijo que es mejor que otros tipos de carnes, haciendo referencia, evidentemente, a los otros animales que podrían comerse por necesidad en Italia.

Hacemos como que no sabemos que nuestros abuelos comieron cosas peores que gatos; hacemos como que no sabemos que el gato es un animal como otro, que viva en nuestra casa no lo hace diferente de un cerdo o de un pato; hacemos como que no sabemos que el último problema de Italia es que un señor de 77 años diga en la tele que comió carne de gato; y hablamos y discutimos sobre la carne de gato, sobre lo que se puede o no decir en la tele, y a qué hora, claro; despidamos a Bigazzi y vayámonos a la cama felices: el público del coliseo mediático ha dado su veredicto, la audiencia ha triunfado.

Mientras tanto, más de un italiano habrá pensado: "¿Carne de gato? Si sigue así…"


-La foto de Bigazzi es de la página web de 'La prova del cuoco'-

domingo, 7 de febrero de 2010

Pizza party

Nos costó un poco. Entre obligaciones sociales varias y la ruptura del horno, creo que hemos tardado más de un mes en quedar para comer una pizza casera hecha con mucho cariño y poca experiencia. Era la primera vez.

El resultado no ha sido malo. Personalmente, pensaba que iba a salir peor y sentía ya la risa maléfica de Mr. Telepizza que decía: "Ríndete y llámame...llámame...". Pero, no. Creo que la pizza salió bastante bien y que la cena fue divertida. No vamos a buscar la razón de la diversión ni en el infinito debate sobre los Blur, ni en los videos de Norma Duval y Lorella Cuccarini, incluso si dieron su buena contribución...

Todo se acompañó con tres buenos vinos y unas cuantas cervecitas. La velada acabó en un bar heavy de la calle Malasaña. Yo digo: experiencia positiva, se puede repetir...Quizás lo del bar heavy lo dejamos de lado, no?

Os dejo con un gran video...jejeje!



miércoles, 16 de diciembre de 2009

Achtung! Italienischen maultaschen!

Antes que nada, quiero pedir perdón a los alemanes: ¡creo que hice con su comida lo que los franceses con la mía! Os aseguro que no era mi intención ofender vuestras tradiciones, aunque sí tengo mis dudas acerca del tema de este post: los maultaschen. O, como ya se conocen en mi casa, los raviolonis alemanes (hubo una propuesta alternativas: 'gyozas alemanas', pero no prosperó). Mi duda es: ¿de dónde venís?

La razón de mi prefación-excusa es que preparé vuestros maultaschen si tener ni idea de como se suelen cocinar. O mejor dicho, sin tener ni idea...sin más. ¡Si yo ni siquiera sabía que los alemanes hacían raviolonis! Pero nuestro querida Rachel, conociéndome, me regaló una caja de maultaschen y una de verdaderas salchichas verdaderamente alemanas de verdad (de la buena). Así que, domingo por la mañana, ¡manos a la obra!

Hice una salsa muy ligera de tomate para los maultaschen (hombre, soy italiano no puedo comer sin ver algo rojo en el plato...) y preparé repollo con patatas: pensé que los vegetales en cuestión darían un aire más alemán al plato. La bebida elegida fue una fantástica Paulaner.

El resultado se puede ver en la foto (hecha con mi cámara nueva, by the way) y parece que gustó...aunque Rocío estuvo muy cerca de comer los maultaschen con salsa de soja, me temo. Eso sí, ¡la salchichas me salieron estupendamente!

PS: os dejo esta escena de una película con Alberto Sordi ('Tutti a casa', 1960): poco más de un minuto para entender como los italianos se ven y como ven a los alemanes...En la ‘información’ del vídeo han escrito el dialogo, espero ayude para entender de que va.

martes, 15 de diciembre de 2009

Un 'take away' italiano en... París

- ¿¿¿Pero a quién se le ocurre pensar que un plato de pasta italiana que vaya dentro de un cartón puede ser disfrutado (como se merece)??? Aprisa, del todo impersonal, sin tiempo para saborearlo… si es que es un insulto a la cultura mediterránea… una contradicción en sí misma.

Pondría el grito en el cielo. ¿Quién? El chef italiano que metiera sus narices en los fogones de Mezzo di Pasta. Muy posiblemente.

Esta franquicia parisina de gran éxito tiene su razón de ser en que los franceses, como la mayoría de los mortales, adoran la comida italiana. Sin embargo, el paisaje culinario de la ciudad lo admite a regañadientes. París disimula su devoción por la pasta "al dente" entreteniendo al viandante con exuberantes escaparates llenos de platos à emporter, que es como le dicen aquí a la comida para llevar.

A esta maniobra escapa Mezzo di Pasta. Y no se trata del típico restaurante italiano donde, aparte de darte un banquete in situ, si quieres, preparan tu pedido para llevar. No, no, no, es que realmente se ajusta al concepto take away puramente americano, con su menú oferta de bebida y postre (6,50 ó 7,50 euros), sin que el estómago se resienta, todo lo contrario, queda deliciosamente agradecido.

Primero decides el tipo de pasta fresca (clásica o rellena) que quieres probar, a continuación la cuecen en sólo 5 minutos delante de ti y finalmente le añaden la especialidad que hayas escogido, salsas que preparan diariamente. Las típicas (pesto, boloñesa o napolitana…) o alguna más original: vodka (tomate, nata, vodka y perejil) o indy (nata, pollo, curry y pimiento). Además, en primavera y verano cuentan con ensaladas de pasta por 5 euros y en invierno y otoño con sopas por 3 euros. Tienen hasta menú infantil: ¡el piccolino!

¿Imita entonces un amor imposible el binomio franquicia-cocina mediterránea? ¿Podríamos nosotros españoles hacer algo semejante y de calidad con nuestra paella (por ejemplo) y además sacarle beneficio? ¿O sería complicado que la mente anglosajona se inmiscuyera de esa manera en nuestra gastronomía?

Es verdad que en ese terreno somos menos prácticos y mucho más acomplejados. A menudo sospechamos de las tapas que sirven los restaurantes españoles en el extranjero, y lo mismo despierta nuestro recelo cualquier negocio familiar que haya crecido un poco, como esa céntrica cadena que hay en Madrid.

Pero bueno, sabemos que labia y ganas de discusión nos sobran -como a los italianos- antes y después de comer. Así que volviendo sobre ese chef imaginario que también se pregunta ¿dónde queda la sobremesa de Mezzo di Pasta? le apuntamos que en el caso de caracteres pasionales y fácilmente alterables como los nuestros tampoco pasa nada por hacer una excepción y dejarla para otro día, por si las moscas...

*Una película: ‘Dramma della gelosia’. El triángulo amoroso compuesto por Marcello Mastroianni, Monica Vitti y Giancarlo Giannini acaban organizando un pitote monumental en el restaurante italiano al que los dos primeros acuden a comer y donde el tercero trabaja.

jueves, 26 de noviembre de 2009

¡Paga él!


Como no podía ser de otra manera, he aprovechado la visita de mi tío, que ha vuelto hoy a Madrid después de una semana por aquí, para llenar el buche a su cuenta en sitios buenos, la mayoría de los cuales I couldn't afford it.

Recién aterrizado nos vimos las caras en P.J. Clarke´s, una predilección suya que se remonta a sus primeras correrías en la ciudad. Este histórico comedor ha visto pasar por sus manteles de cuadros a todas las celebridades que os podáis imaginar. De su época dorada queda rastro cinematográfico en 'Días sin huella', 'Mad Men' o 'Infamous' (Harper Lee y Capote comparten dos o tres cenas allí). Su viejo prestigio se ha diluido con los años y las franquicias (pocas) abiertas en en el World Financial Center y frente al Lincoln Center. Hace tiempo que perdió el entorchado (siempre discutible) de mejor hamburguesa de la ciudad y que hoy se disputan Minetta Tavern (la más cara, 26 dólares), Corner Bistro, Burger Joint del Le Parker Meridien, Shake Shack o The Spotted Pig. Pero sigue siendo P. J. Clarke's. Nos encanta, y además tiene precios populares. Este sí nos lo podemos permitir.

No como la cenita que nos marcamos en The Oak Room, el mítico bar del Plaza que en su nueva etapa tras la reapertura del hotel ha recuperado el salón del desaparecido Oyster Room para convertirlo en su restaurante. Y hay que decir que mucho ruido y nueces ricas pero justitas. En cuanto al ruido del Oak Room hay que aclarar que nos encanta: desde su irredentismo decorativo -el viejo y lujoso eclecticismo de aquellos decimonónicos ricos de nuevo mundo- a los usos y maneras del personal -no os perdáis a Britney, quizá la mujer más bella de cuantas pastorean comensales en Nueva York-. Y a ver, las nueces son excelentes, pero me da la sensación de que sitios como el Oak Room, no sé si por su condición de 'landmarks', tienden a la comodidad en cuanto a su oferta gastronómica. Cojonudos el foie y las vieiras que tomé, pero tampoco como para volverse loco.

Mucho más satisfactorio me pareció el Aldea del meio portugués George Mendes, un restaurante del que últimamente se habla bastante en Nueva York. Su genealogía ibérica, desde el jamón serrano al bacalao, ya se advierte en la carta. Nos han dicho que el pato les sale de maravilla, pero a mí me apetecía pescado, y pedí un monkfish (rape, para entendernos) con salsa de puerros e hinojo (qué bien le va el hinojo a los peces) que estaba riquísimo, como el arroz negro que lo acompañaba (pese al queso de la emulsión; parece que en esta ciudad arroz y risotto son sinónimos). Muy recomendable, y no demasiado caro.



Precisamente en la cocina abierta del Barbuto estaban cortando unos fresquísimos rapes para la cena el día que paramos allí a comer. Ambas cosas (la cocina a la vista y el buen pescado) prometían mucho, pero la cosa terminó en semidecepción. Hace unas semanas, durante uno de mis paseos por la zona, había reparado en este bonito restaurante por su original ubicación en lo que parece que fue un garaje, del que todavía conserva la gran puerta acristalada que abren con el buen tiempo. El sitio es chulo, en efecto, pero la comida es irregular. Empecé con una gran sopa de lentejas, pero el risotto de aficionados que después de una larguísima espera me pusieron delante (arroz largo, punto infecto) lo echó todo por tierra. Imperdonable en un sitio que se supone italiano. Me pareció además bastante pasado de precio, cosa supongo del barrio en el que está.

David Burke pasa por ser uno de los cocineros norteamericanos más reputados. En la línea de otros colegas de fama mundial, ha encontrado en la fundación de una sucursal accesible de su emporio gastronómico un modo de dar salida a sus 'invenciones' y explotar masivamente la marca creada. En ese plan, ha instalado en joint venture con Bloomingdale's un restaurante en los bajos del famoso almacén neoyorquino que pese a su apariencia pret a porter está bien, aunque un poco caro para lo que es. Mi tío ha estado estos días viviendo justo enfrente, así que se ha dejado caer por allí varias veces. Ayer le acompañé. Comí salmón a la parrilla, de nuevo con risotto, todo muy bueno de punto y sabor (bueno, excepto unos espárragos como plastificados que acompañaban la jugada).

Y hoy nos hemos despedido a una de las mesas de otro viejo comedor de referencia en la Tercera Avenida, Smith & Wollensky. La marca se ha expandido hasta contar con 16 restaurantes en todo el país, pero el local original mantiene la calidad y el ambiente de una steakhouse única y de primera. Suyo es el pedazo de carne que podéis ver al comienzo de este post (al fondo se intuyen las deliciosas patatas que en plan fritada, con un punto de cebolla y pimiento verde, ofrecen como 'side'). Creo que sobran las palabras.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Zabar's


Calle 80 con Broadway: Zabar's. Llamarlo supermercado sería inelegante e inexacto. Es un lugar sublime para hacer la compra. ¿Y qué necesidad tenemos de hacer la compra en un sitio 'sublime', pelma?, os preguntaréis no sin cierta irritación los que en el Lidl encontráis todo lo que precisáis. Pues muy sencillo, os diré yo: sobre la compra se construye nuestra vida cotidiana, y estoy convencido de que si en hacerla bien encontramos un placer, sencillo pero esencial, las cosas nos irán mejor y seremos más felices.

La cuestión es que en el mundo acelerado y retractilado en el que nos desenvolvemos, encontrar tiempo y lugar para hacer bien la compra puede resultar complicado. Las galerías comerciales languidecen o desaparecen. Los viejos mercados que sobreviven a la expansión de las grandes cadenas de alimentación lo hacen como exóticos recintos consagrados a la delicatessen para el turista y el decadente.

Los neoyorquinos son de los ciudadanos más acelerados del planeta, pero procuran hacer la compra en sitios bonitos, sosegados y sobre todo muy bien surtidos. Supongo que forma parte del simpático esnobismo colectivo que cultivan. Dejo al margen los deli de cada esquina, con sus deslumbrantes escalas cromáticas de frutas y hortalizas de todas las procedencias alineadas a pie de calle por inmigrantes ilegales que trabajan de sol a sol para mantenerlos abiertos las 24 horas del día. Pienso más en establecimientos como los ubicuos Whole Foods, que viene a ser la franquicia del market excelente y orgánico. El mío, el de al lado de casa, es el Central Market, en la calle 110 entre la Octava y Manhattan Avenue, y está bastante bien.

Pero lo que me gustaría de verdad sería tener más cerca Zabar's. Esta es su historia y su filosofía, para que os hagáis una idea del lugar. Hasta la prosa sencilla y precisa de la presentación es elocuente respecto a su excelencia.

Entras, y lo primero que te encuentras a la izquierda es su fabuloso rincón del encurtido y la aceituna, que no es sino apéndice y prólogo de la fastuosa sección de quesos que ves de frente y que ocupa prácticamente un quinto del local. Obviamente tienen de todo y de todas partes; hasta bolsitas con cortezas de parmesano a centavos la libra, que supongo tendrán alguna secreta utilidad. Recórrelo en zig-zag y contemplarás embobado la feliz actividad de la carnicería, la sección de platos preparados o la panadería y la variada abundancia del mostrador de ahumados o el rincón del café.

Una de las grandes cosas de Zabar's es que se ha mantenido acotado; no ha crecido hasta alcanzar dimensiones que harían peligrar su excelencia. Tiene una variadísima oferta de productos muy concretos. Pero lo mejor de todo es que no es especialmente caro. Y uno, acostumbrado a los provincianos 'aristocratismos' de Mallorca o Sánchez Romero, marcas madrileñas que podrían recordar muy pálidamente la oferta de Zabar's, alucina.
(Como la señora de la imagen, sacada de la web de Sánchez Romero, que parece mirar su ticket y decir, al borde de la catatonia: "no puede ser")

martes, 10 de noviembre de 2009

Un asiático (y un italiano) en Valdemoro

Explicar como y cuando mi suerte me ha llevado a Valdemoro es un poco largo y poco interesante. Pero el día que pasé allí fue bastante divertido...Sé que había prometido ir a un sitio nuevo de Madrid, con gente guapa...tarde o temprano la gente guapa irá donde voy yo (única posibilidad para que escriba algo acerca de la comida y de la gente guapa).

Ah, Valdemoro, claro...Bueno, el caso es que yo estaba allí con unos amigos y era hora de comer. Yo tiro siempre hacia el monte, es decir, hacia un restaurante español de barrio, pero quien come comida española todos los días, luego quiere ir a un asiático. Normal.

...y allí estaba yo, riéndome en buena compañía en un restaurante asiático en Valdemoro. El sitio en cuestión se llama 'Bamboo' y me ha sorprendido. Mucha elección, platos de varios países, con un óptimo servicio y la comida muy muy rica.

Así que, si algún día la suerte os lleva a Valdemoro, es hora de comer y queréis asiático, ya sabéis: 'Bamboo'.


En fin, os puedo asegurar que si se dan las justas circunstancias, un día en Valdemoro es una experiencia única.

Una canción: 'Freak', Samuele Bersani.


lunes, 9 de noviembre de 2009

La redención del perrito


Embriagado por los atractivos de la gran ciudad, me faltan tiempo y ganas siquiera para pasar a limpio las numerosas notas mentales de mi experiencia neoyorquina. Quizá por ser domingo he tenido un repente de decencia y he pensado que en lo que respecta a DondeComenDos ya era hora de reportarse, aunque fuera sumariamente.

Y he pensado (otra vez) que mi primer perrito neoyorquino podría ser un buen asunto. Sí, sí, como lo oyen. Llevo aquí ya un mes y hasta ayer no me había metido para el cuerpo un ejemplar del que pasa por ser uno de los prototípicos bocados de esquina de esta ciudad que, además de nunca dormir, nunca deja de engullir.

Pero mi perrito inaugural no ha sido precisamente un chucho. Ayer deambulaba por Park Slope rumbo al Salón del Cómic de Brooklyn cuando en la calle Bergen, formando parte de un primoroso alineamiento de bonitos comercios en un edificio recién restaurado, encontré primero la Bergen Street Comics, un lugar maravilloso donde pasé un largo rato hojeando joyitas, y después, ya con el apetito azuzado, y casi pared con pared, un local que emitía apetitosas fragancias llamado Bark.

Reproduzco la declaración de intenciones que los patrones de este particular comedor han hecho imprimir en sus menús: "Nuestra misión en Bark es ofrecer a nuestros clientes una experiencia increible. Simplemente nos encantan los perritos, y esta devoción alimenta nuestro deseo de ofrecer una comida y un servicio excelentes. En Bark llevamos a cabo una interpretación artesanal del fast food. El fast food ya no tiene por qué ser barato, producido masivamente, alterado química y genéticamente y despersonalizado. Siempre que es posible, compramos nuestros productos, carne, leche y cerveza a proovedores locales, orgánicos y sostenibles".

Puede sonar a coartada, pero un pequeño local como Bark no tiene necesidad de adoptar eslóganes falaces a lo McDonalds. Además, si un tipo refinado como yo decidió entrar allí será por algo, ¿no? Bueno, pues en efecto. Aparte del excelente interiorismo -en esta ciudad saben montar los sitios; nada de abrumadoras luces cenitales, por ejemplo-, en Bark hacen las cosas muy bien, y si presumen de haber redimido al hot dog de una vida barriobajera es porque pueden. Yo opté por una de las versiones más sencillas de cuantas allí ofrecen, el NYC Classic, con cebolla roja, mostaza y una especie de confitura de tomate. Lo veis ahí arriba. Pero es que estaba realmente bueno. Como las fries salpimentadas, caseras desde el corte y con su poquito de piel, eso que aquí tanto gusta. Y la Sixpoint Bengali Tiger, cerveza del país que pega fuerte pero no tiene el espesor empalagoso de otras americanas.

El Bark está justo a la salida del metro de Bergen St., así que no resultará difícil volver para probar su egg sandwich, clasificado hace un par de semanas por el 'New York' como uno de los nueve mejores de la ciudad.

(foto Flick barvaron)

sábado, 31 de octubre de 2009

Fête des Vendanges

'Salut les copains!', demos un respiro a Martínez y a su rastreo neoyorquino y pongamos pies y paladar en suelo francés.

Hablar de comida en París… sólo se me ocurre decir: “¡Vaya papelón!”. ¿Por dónde empezar? El queso, el vino, el pan, la patisserie… Desdramaticemos. Los franceses son los mismos que creen contar con los mejores chefs, aquéllos que aplican su delicatessen al producto extranjero (el queso manchego cuesta 22 euros el kg.) y los que ponen de oferta los tomates ajenos -valencianos para más señas- ignorando que su sabor supera con creces al de los propios. Pero para no caer en abstracciones, ni en debates de mesa y mantel, abrazo la primera que me viene dada.

Ocurre en Montmartre, desde 1933. Cada segundo fin de semana de octubre se celebra la Fête des Vendanges. Le viene al pelo porque antiguamente esta colina, barrio que atrae la atención de los turistas por su fama bohemia y canalla, estaba llena de viñas.

Uvas, vino, Dioniso y... voilà, tenemos la ecuación. Donde ahora se encuentra la basílica del Sacre Coeur decapitaron a San Dionisio y así se explica eso de “Monte del mártir”.

Por estas fechas, los alrededores del distrito 18 en fiestas se llenan de carpas divididas en regiones dispuestas a descentralizar el país por unos días.

El menú, variadísimo, lo marca un recorrido de norte a sur. El mío: De primero, ostras de Bretaña, que saben a mar que da gusto, de segundo, setas sazonadas de la comuna de St. Chamond (cercana a la ciudad de Saint-Étienne) con caracoles salvajes, después un poco de embutido de la montaña -hay para escoger (nature, herbes, fume…)- y de postre nougat de la región de Limousin, que es como nuestro turrón de Alicante pero con sabores diversos (chocolate, café, praliné, canela...).


En conserva me llevé el plato estrella: el pato (o canard), y ya tengo mi aportación de cara a la próxima Nochebuena. Vendido en foie, pâté o caliente a la brasa, la gente lo comía hasta en bocadillo (por 5 euros).

Al otro lado de la feria triunfaba una especialidad similar con toque español -por eso de que el protagonista era el jamón-. La mejor baguette, ésa que está bien metida en harina, el embutido citado y la feliz y francesa idea de llevar una estufa que derritiera el queso. Para ver fuegos artificiales.

martes, 27 de octubre de 2009

Un 'neodiner' en Union Square


Aunque en el 'New York' lo ponen un poco a parir, a mi me ha gustado The Coffee Shop, el 'loungey pseudo-diner' (según definición de la citada review del NYM) de Union Square, donde he dado hoy con mis huesos después de una larga mañana rebuscando en las millas de anaqueles de Strand. En consonancia con sus pretensiones cool, el lugar mola bastante, la selección musical es apreciable, tiene uno de esos fabulosos horarios que se estilan por aquí (digamos que casi no cierra) y cuenta con un numeroso staff de camareras que parecen modelos, no hacen nada y responden con creces al perfil de bellas mujeres de Nueva York que cantaran Carlos Gardel y Woody Allen.

Perdonad el horrible desenfoque de la foto de la ropa vieja (sí, sí, ropa vieja) que pedí. En vivo resultaba mucho más apetitosa. La carne estaba estupenda y acompañada, como veis, de arroz, frijoles y plátano frito. Después me trajeron el mejor café que he tomado desde que estoy en Nueva York.

Volveremos a este neodiner, por céntrico y porque nos ha gustado. Aunque mi favorito sigue siendo el Kellogg's, en Williamsburg. Uno de mis primeros días por aquí me desayuné una riquísima tortilla paisana mientras una ajada camarera parecidísima a la Eileen Brennan de 'The last picture show' cantaba por Marvin Gaye en sus idas y venidas.

A modo de homenaje a las hermosas 'waitresses' del The Coffee Shop, y por qué no, también a la encantadora vieja del Kellogg's, aquí está Gardel despertando en Manhattan y abriendo una ventana al Flatiron, un poco más arriba de Union Square, rodeado de unas cuantas 'rubias de New York':

sábado, 24 de octubre de 2009

El nuevo almacén de Brooklyn


Yo estoy instalado en Manhattan desde hace semanas, pero DondeComenDos sigue de momento en Williamsburg, porque anoche fui a cenar allí a un restaurante llamado 'El Almacén' (aquí la reseña del New York Magazine). Diego y Eduardo son dos argentinos lo suficientemente emprendedores como para montar este bonito garito pidiendo las licencias sobre la marcha -la de despachar alcohol al parecer la han conseguido hace bien poco- y peleándose cotidianamente con las autoridades competentes. Ayer estaba llenito y creo que así está siempre ( la verdad es que el virtuosismo local para optimizar el espacio en los restaurantes contribuye a alimentar esa sensación).

Obviamente nos dimos a la carne, y disfrutamos muchísimo. Tengo entendido que en El Almacén no hacen eso tan vistoso que hacen en muchos sitios en España de importar vía aérea las piezas de Argentina. Es materia prima local. Y quedó demostrado que es una política razonable. Llegaron a la mesa varios churrascos, entrañas y una cosa al parecer deliciosa que yo no probé llamada costilla de res (la carne es guisada durante muchas horas a fuego lento). Las piezas de parrilla vinieron en unos enormes y pesados tocones de árbol con unas patatas excelentes o un puré de tal ligeramente picante. Especulamos con que el picor y el color verdoso se debiera a una aplicación de wasabi (kia!).

Respecto a la entraña, yo cometí un error basado en mi experiencia española con los puntos. Cuando en España digo al punto, casi siempre me traen la carne más cruda de lo que a mí me gusta, así que he desarrollado un automatismo para pedirla bien hecha y que así llegue con un rosor satisfactorio. Ayer, pues, pedí mi entraña 'well done' sin pestañear, y fue un error. Porque cuando terminé y me giré a la derecha para reclamar las sobras de mi compañera de al lado, que también había pedido entraña pero al punto, me di cuenta de que estaba mucho mejor. Me quedé con las ganas de sugerir a los jefes que aunque llegue un tipo pidiendo las cosas demasiado cocinadas, hagan como en El Viejo Almacén e ignoren en lo posible su solicitud.

Un alfajor muy rico y un coulant de chocolate (cómo se ha universalizado el bizcochito fluído) sirvieron para cerrar una cena estupenda. Con tips y tax y demás (pedimos dos botellas de vino, que eramos siete), 40 dólares por cabeza.

jueves, 15 de octubre de 2009

Autumn in Nueva York: un appetizer

Me encanta la publicidad en español que hay por Nueva York. La sintaxis y el vocabulario son deliciosos. He aquí un anuncio institucional que se puede ver en el metro: "Te estás tomando las libras? Las sodas y otras bebidas azucaradas engordan muchísimo. ¡No las tomes! Elige el agua, seltzer o leche baja en grasa". Firmado el Departamento de Salud del amigo Bloomberg.

Este anuncio, significativamente orientado a la población hispana, es una prueba de la preocupación neoyorquina por el keep fit y el buen comer, y demuestra que, también en este aspecto, NY es una isla respecto al resto del país. Este domingo en su Magazine, el 'New York Times' se atrevía a traer de la vieja metrópoli ni más ni menos que a Jamie Oliver para enseñar a comer bien a las 'unhealthiest towns' del país.

Y es que ya lo decía Patrick Bateman, ciudadano ejemplar de esta ciudad en la que me hallo por unos meses: "nunca se está lo suficientemente delgado". Y en esa misma línea, añado que Nueva York es un gran sitio para comer bien. Nadie te obliga a ingerir grasientas hamburguesas ni cestos repletos de pringosas 'fries'. Yo por ejemplo he tardado más de una semana en comerme una Lucky Burger.

De hecho, aparte del inevitable bagel de la mañana inaugural, mi primera comida seria fue en un estupendo e irreprochablemente saludable lugar que me topé por casualidad en mis vagabundeos matinales por Williamsburg. El lugar se llama Egg. Cuando llegué allí un martes sobre las 11 de la mañana y con el estómago extremadamente vacío aquello estaba lleno de modernos y otra gente de buen vivir que se suele ver por este refinado barrio de Brooklyn.


En la imagen, que no hace justicia a las viandas, podéis ver mi desayuno de aquella mañana. Una tortilla de queso de tres huevos -aquí todo a lo grande- en un jugoso punto de cuajo imposible de encontrar más que en casa de la mamá de cada cual. A la izquierda, una especie de ligerísima croqueta de cebolla. A la derecha, tomate en conserva de la casa. Sí, de la casa, porque Egg tiene su propia granja, de cuya actividad da cuenta una bonita carta posada en cada mesa. Y al fondo el café. Bueno, ya sabéis cómo hacen aquí el café. Pese a todo, tueste especial especificado en la carta cuyos detalles por supuesto no recuerdo, molido rústico, presentación individual en cafetera de émbolo y tal. Y esa cosa tan civilizada que aquí hacen en todas partes de ponerte por delante un vaso de agua que te rellenan constantemente.

Pero ya iré contando lo que he comido y como por aquí. Además, he encontrado un market que me satisface bastante -dedicaremos un post a las peculiaridades, con sus pros y sus contras, de hacer la compra en los NY- y que me permite cocinarme lo que me place. Así que no me puedo quejar.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Lucio


Nos cuenta uno de los atentísimos camareros que el secreto de sus archiconocidos huevos estrellados es que todavía se cuajan al calor de una cocina de carbón. Pero yo creo que el asunto viene a ser que, noche tras noche, Lucio se sigue poniendo la chaqueta blanca para recorrer las mesas de su insospechado emporio gastronómico, taberna ilustrada deluxe que teniendo 35 años parece contar al menos el doble. Quién le hubiera dicho a Lucio cuando trabajaba en el vecino Schotis.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Lisboa


"Piensan muchos españoles que Portugal es un país de pobres y se equivocan redondamente. Portugal es un país de ricos pobres, lo que es muy distinto". Quizá en este aserto defendido por el filósofo Gabriel Magalhães en el 'Culturas' de 'La Vanguardia' de la semana pasada se encuentre una de las claves para entender las particularidades de esa pequeña nación que muchos por aquí conciben como mero apéndice, pero que como su historia evidencia tiene una considerable potencia y una enorme capacidad de irradiación.

Quizá en esa condición de ricos pobres se encuentre la explicación a la dignidad que a mi juicio es el rasgo predominante de lo portugués. Versión si se quiere de la pulgosa hidalguía hispana, pero en aseado, luminoso y elegante (a lo mejor por su proyección oceánica), y que lejos de tener su eje en la ceñuda reivindicación de una supuesta pureza de sangre lo encuentra en la búsqueda espontánea de lo bello, capaz de generar precipitados abigarrados y hermosos como Lisboa.

He andado este fin de semana por la ciudad blanca y he corroborado la impresión que había sacado de visitas anteriores. Es un país de una civilidad envidiable. Se aprecia en la gente, se aprecia en sus edificios, y se aprecia en la comida, y en cómo y dónde la sirven.

La dignidad de la cocina portuguesa. Nos llenamos la boca hablando maravillas, y con razón, de cómo se come en España. Pero cuando uno entra en cualquier pequeño restaurante o snack bar lisboeta y se sienta a comer estupendamente por cuatro duros se pregunta inevitablemente si una gastronomía a la que le falla el pilar de la restauración humilde puede presumir de algo. La caspa del Menú del Día sencillamente abochorna cuando la confrontamos con el honesto y civilizado formato de los almuerzos portugueses. La omnipresente sopa -de verduras, de legumbre, de pescado- por apenas 2 euros en el sitio más caro -¡hasta por 0'90 la hemos visto en algún lado!-. De segundo, en cualquier lado podremos elegir entre varios platos de carne y de pescado, y todos primorosamente acompañados de ensalada, arroz, patatas... Lo que sea. Comidas equilibradas y que casi siempre caen bien en el estómago. Y una cosa decisiva: por humilde que sea el lugar, siempre le servirán a usted un vino digno, y que por lo tanto no precisará de gaseosa ni de una temperatura polar para poder ser ingerido.

Pido perdón por este manifiesto de lusofilia un poco papanatas, pero tenía que soltarlo antes de que se me pasara el entusiasmo. He recordado el muy bonito restaurante de barrio donde comí el viernes y me he puesto reivindicativo. Olvidé su nombre, pero si estáis alguna vez por Saldanha a la hora de comer, buscadlo: está en la calle Filipe Folque, haciendo esquina con São Sebastião da Pedreira (aquí).

Os puedo hablar bien de un par de sitios a los que fui a cenar: el Pão de Canela, en la preciosa Praça das Flores, un rincón de Bairro Alto que por no estar en su zona más trillada se conserva al margen de la horda turística. Por allí está también el Kinjolas (Rua O Século, 127), un buen japonés ajustadito de precio. Una vez superado el golpe de calor que nos sobrevino al entrar (30 grados en ese diminuto local, o al menos eso confesaban las pantallitas de dos apagadísimos aparatos de aire acondicionado que allí había), pudimos comprobar que el sashimi estaba bastante rico.

El sábado nos quedamos con las ganas de entrar a cenar en un sitio muy bonito y que prometía, el Chafariz do Vinho. Lástima que estuviera lleno. Pero en la misma calle hicimos el que quizá fue el descubrimiento del viaje. Casi nos pasa inadvertida la existencia de Os Goliardos (Rua Mãe d'Água, 9), un bar de vinos que es en realidad mucho más, como podéis ver en su web. El botellerío y las fotos en las paredes de los más de 500 productores vinícolas de toda Europa que los dueños del negocio vienen frecuentando desde que lo abrieron hace cuatro años demuestran el pedigrí enológico del lugar. Pero es que además tienen este precioso patio al fondo,



que encontramos así de vacío un sábado por la noche, y así debe de estar casi siempre. Ocupado como está el gentío en trepar a Bairro Alto y empaparse de tipismo y multitud no se fija en joyitas de aledaño como esta. Con el entusiasmo no reparamos en la etiqueta del tremendo blanco del Alentejo que nos bebimos.

Me quedé con las ganas de parar en muchísimos sitios, como la Casa do Alentejo; pero es que tres días no dan para nada. Al menos sabemos que a Lisboa siempre se vuelve.

martes, 22 de septiembre de 2009

Isla Mujeres

Pregunta sencilla: ¿Dónde puedo tomar una San Miguel?
Pregunta difícil: ¿Dove posso prendermi una San Miguel ?

Yo, Indiana Jones de los bares, Colón de las tascas populares, Marco Polo de las cervezas, encontré la respuesta a la segunda pregunta, la difícil...muy difícil, porque en Italia no es nada fácil encontrar un sitio agradable donde tomar una San Miguel fría.

El sitio se llama 'Isla Mujeres'...y si fuera la paradisiaca isla mexicana, este post no tendría ningún sentido, pero yo estaría bastante más moreno. No, Isla Mujeres es un restaurante mexicano y se encuentra en el centro de Vasto. Mejor dicho, Isla Mujeres es el mexicano de Vasto. ¿Il messicano tiene San Miguel? Claro, tiene todo lo que tiene que tener un restaurante/cantina mexicana (más cantina, diría yo...): tequila, las hermanas 'modelo', nachos, burritos...pero el grifo San Miguel es el gran protagonista, sin duda.

Día de playa, el sol aún en la piel, acabas de cenar un plato mediterraneo al fresco de una terraza y ves el grifo: piensas sólo en una caña fresca y bien tirada...ay...

La cantina Isla Mujeres es el típico sitio que nunca aburre: parece organizar las noches que quieres...Un servidor, aquí, se ha tomado la molestia de comprobarlo en distintas ocasiones y en distintos horarios (una investigación detallada, sin duda...). Se ha aplicado tanto que más de una vez ha cerrado el bar, para ver hasta que punto es cierto el mito que se ha creado alrededor del messicano. Y dice: ¡Isla Mujeres está padriiiiisiiiiiimoooo!

PD: posiblemente la conexión San Miguel-caña bien tirada se debe a la idea más general: España-caña bien tirada.


Una canción: Messico e nuvole, Paolo Conte (en Spotify)

martes, 25 de agosto de 2009

Siempre joven... con vermú spagnolo




Otra escena de Cocktail: Lavapiés. Diciembre. Un cumpleaños. La mágica cifra de los 30. Tienes mucha suerte, aunque sientas que no. Las ojeras de un curro absorbente y la mente ausente pensando en quien no está te inclinan a pensarlo. No es así. Una botella de dos litros de vermú Valdepablo hará las delicias de los invitados. Un buen amigo italiano, se ofrece al rescate. Te acompaña a todas las tiendas de tu barrio, calle arriba y abajo, con una paciencia infinita y sonrisa profidén.

Tras el aprovisionamiento de pan árabe, hummus, albahaca fresca y otras delicatessen entra en tu cocina, amablemente te echa, y comienza a preparar un digno menú cumpleañero. Ha traído por su cuenta tortillas mexicanas de maíz recién hechas. Y va a preparar fajitas. Intentas poner orden en casa. Metes toda la ropa sucia en el cesto de la ropa. Pones música. Abres una botella de vino blanco. Ya eres mayor para beber lo que te de la gana. Nada de fingir orgasmos con vino tinto.


 Van llegando a casa los invitados. Hay whisky, ron, vodka, ginebra, todo primeras marcas. Sin embargo triunfa un vermú español. Oh! El cocktail más deseado es sencillo de preparar. Se rellena de hielos un vaso grande, digamos modelo Pokal . Bendita Ikea. Se añade un generoso chorro de vermú Valdepablo. Se añaden unas rodajas de naranjas frescas -es invierno- y Sprite.

La botella del vermú gallego no es para nada glamourosa. A falta de buena imagen, y un gran déficit de marketing, su precio no excede los 3 euros. Un cocktail tan modesto desplaza al resto de licores y espirituosos a un segundísimo plano. La comida es estupenda. La compañía excelente. Y la bebida entusiasma.

Una canción: Siempre joven, de Lorena C. Un local: La escalera de Jacob. Un barrio: Lavapiés. Un cocinero: Massi. Un vermú: Si no hay Martini, cualquier otro, Valdepablo por ejemplo.