Explicar como y cuando mi suerte me ha llevado a Valdemoro es un poco largo y poco interesante. Pero el día que pasé allí fue bastante divertido...Sé que había prometido ir a un sitio nuevo de Madrid, con gente guapa...tarde o temprano la gente guapa irá donde voy yo (única posibilidad para que escriba algo acerca de la comida y de la gente guapa).
Ah, Valdemoro, claro...Bueno, el caso es que yo estaba allí con unos amigos y era hora de comer. Yo tiro siempre hacia el monte, es decir, hacia un restaurante español de barrio, pero quien come comida española todos los días, luego quiere ir a un asiático. Normal.
...y allí estaba yo, riéndome en buena compañía en un restaurante asiático en Valdemoro. El sitio en cuestión se llama 'Bamboo' y me ha sorprendido. Mucha elección, platos de varios países, con un óptimo servicio y la comida muy muy rica.
Así que, si algún día la suerte os lleva a Valdemoro, es hora de comer y queréis asiático, ya sabéis: 'Bamboo'.
Ver mapa más grande
En fin, os puedo asegurar que si se dan las justas circunstancias, un día en Valdemoro es una experiencia única.
Una canción: 'Freak', Samuele Bersani.
martes 10 de noviembre de 2009
lunes 9 de noviembre de 2009
La redención del perrito
Embriagado por los atractivos de la gran ciudad, me faltan tiempo y ganas siquiera para pasar a limpio las numerosas notas mentales de mi experiencia neoyorquina. Quizá por ser domingo he tenido un repente de decencia y he pensado que en lo que respecta a DondeComenDos ya era hora de reportarse, aunque fuera sumariamente.
Y he pensado (otra vez) que mi primer perrito neoyorquino podría ser un buen asunto. Sí, sí, como lo oyen. Llevo aquí ya un mes y hasta ayer no me había metido para el cuerpo un ejemplar del que pasa por ser uno de los prototípicos bocados de esquina de esta ciudad que, además de nunca dormir, nunca deja de engullir.
Pero mi perrito inaugural no ha sido precisamente un chucho. Ayer deambulaba por Park Slope rumbo al Salón del Cómic de Brooklyn cuando en la calle Bergen, formando parte de un primoroso alineamiento de bonitos comercios en un edificio recién restaurado, encontré primero la Bergen Street Comics, un lugar maravilloso donde pasé un largo rato hojeando joyitas, y después, ya con el apetito azuzado, y casi pared con pared, un local que emitía apetitosas fragancias llamado Bark.
Reproduzco la declaración de intenciones que los patrones de este particular comedor han hecho imprimir en sus menús: "Nuestra misión en Bark es ofrecer a nuestros clientes una experiencia increible. Simplemente nos encantan los perritos, y esta devoción alimenta nuestro deseo de ofrecer una comida y un servicio excelentes. En Bark llevamos a cabo una interpretación artesanal del fast food. El fast food ya no tiene por qué ser barato, producido masivamente, alterado química y genéticamente y despersonalizado. Siempre que es posible, compramos nuestros productos, carne, leche y cerveza a proovedores locales, orgánicos y sostenibles".
Puede sonar a coartada, pero un pequeño local como Bark no tiene necesidad de adoptar eslóganes falaces a lo McDonalds. Además, si un tipo refinado como yo decidió entrar allí será por algo, ¿no? Bueno, pues en efecto. Aparte del excelente interiorismo -en esta ciudad saben montar los sitios; nada de abrumadoras luces cenitales, por ejemplo-, en Bark hacen las cosas muy bien, y si presumen de haber redimido al hot dog de una vida barriobajera es porque pueden. Yo opté por una de las versiones más sencillas de cuantas allí ofrecen, el NYC Classic, con cebolla roja, mostaza y una especie de confitura de tomate. Lo veis ahí arriba. Pero es que estaba realmente bueno. Como las fries salpimentadas, caseras desde el corte y con su poquito de piel, eso que aquí tanto gusta. Y la Sixpoint Bengali Tiger, cerveza del país que pega fuerte pero no tiene el espesor empalagoso de otras americanas.
El Bark está justo a la salida del metro de Bergen St., así que no resultará difícil volver para probar su egg sandwich, clasificado hace un par de semanas por el 'New York' como uno de los nueve mejores de la ciudad.
(foto Flick barvaron)
sábado 31 de octubre de 2009
Fête des Vendanges
Hablar de comida en París… sólo se me ocurre decir: “¡Vaya papelón!”. ¿Por dónde empezar? El queso, el vino, el pan, la patisserie… Desdramaticemos. Los franceses son los mismos que creen contar con los mejores chefs, aquéllos que aplican su delicatessen al producto extranjero (el queso manchego cuesta 22 euros el kg.) y los que ponen de oferta los tomates ajenos -valencianos para más señas- ignorando que su sabor supera con creces al de los propios. Pero para no caer en abstracciones, ni en debates de mesa y mantel, abrazo la primera que me viene dada.
Ocurre en Montmartre, desde 1933. Cada segundo fin de semana de octubre se celebra la Fête des Vendanges. Le viene al pelo porque antiguamente esta colina, barrio que atrae la atención de los turistas por su fama bohemia y canalla, estaba llena de viñas.
Uvas, vino, Dioniso y... voilà, tenemos la ecuación. Donde ahora se encuentra la basílica del Sacre Coeur decapitaron a San Dionisio y así se explica eso de “Monte del mártir”.
Por estas fechas, los alrededores del distrito 18 en fiestas se llenan de carpas divididas en regiones dispuestas a descentralizar el país por unos días.
El menú, variadísimo, lo marca un recorrido de norte a sur. El mío: De primero, ostras de Bretaña, que saben a mar que da gusto, de segundo, setas sazonadas de la comuna de St. Chamond (cercana a la ciudad de Saint-Étienne) con caracoles salvajes, después un poco de embutido de la montaña -hay para escoger (nature, herbes, fume…)- y de postre nougat de la región de Limousin, que es como nuestro turrón de Alicante pero con sabores diversos (chocolate, café, praliné, canela...).
En conserva me llevé el plato estrella: el pato (o canard), y ya tengo mi aportación de cara a la próxima Nochebuena. Vendido en foie, pâté o caliente a la brasa, la gente lo comía hasta en bocadillo (por 5 euros).
Al otro lado de la feria triunfaba una especialidad similar con toque español -por eso de que el protagonista era el jamón-. La mejor baguette, ésa que está bien metida en harina, el embutido citado y la feliz y francesa idea de llevar una estufa que derritiera el queso. Para ver fuegos artificiales.
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martes 27 de octubre de 2009
Un 'neodiner' en Union Square
Aunque en el 'New York' lo ponen un poco a parir, a mi me ha gustado The Coffee Shop, el 'loungey pseudo-diner' (según definición de la citada review del NYM) de Union Square, donde he dado hoy con mis huesos después de una larga mañana rebuscando en las millas de anaqueles de Strand. En consonancia con sus pretensiones cool, el lugar mola bastante, la selección musical es apreciable, tiene uno de esos fabulosos horarios que se estilan por aquí (digamos que casi no cierra) y cuenta con un numeroso staff de camareras que parecen modelos, no hacen nada y responden con creces al perfil de bellas mujeres de Nueva York que cantaran Carlos Gardel y Woody Allen.
Perdonad el horrible desenfoque de la foto de la ropa vieja (sí, sí, ropa vieja) que pedí. En vivo resultaba mucho más apetitosa. La carne estaba estupenda y acompañada, como veis, de arroz, frijoles y plátano frito. Después me trajeron el mejor café que he tomado desde que estoy en Nueva York.
Volveremos a este neodiner, por céntrico y porque nos ha gustado. Aunque mi favorito sigue siendo el Kellogg's, en Williamsburg. Uno de mis primeros días por aquí me desayuné una riquísima tortilla paisana mientras una ajada camarera parecidísima a la Eileen Brennan de 'The last picture show' cantaba por Marvin Gaye en sus idas y venidas.
A modo de homenaje a las hermosas 'waitresses' del The Coffee Shop, y por qué no, también a la encantadora vieja del Kellogg's, aquí está Gardel despertando en Manhattan y abriendo una ventana al Flatiron, un poco más arriba de Union Square, rodeado de unas cuantas 'rubias de New York':
sábado 24 de octubre de 2009
El nuevo almacén de Brooklyn
Yo estoy instalado en Manhattan desde hace semanas, pero DondeComenDos sigue de momento en Williamsburg, porque anoche fui a cenar allí a un restaurante llamado 'El Almacén' (aquí la reseña del New York Magazine). Diego y Eduardo son dos argentinos lo suficientemente emprendedores como para montar este bonito garito pidiendo las licencias sobre la marcha -la de despachar alcohol al parecer la han conseguido hace bien poco- y peleándose cotidianamente con las autoridades competentes. Ayer estaba llenito y creo que así está siempre ( la verdad es que el virtuosismo local para optimizar el espacio en los restaurantes contribuye a alimentar esa sensación).
Obviamente nos dimos a la carne, y disfrutamos muchísimo. Tengo entendido que en El Almacén no hacen eso tan vistoso que hacen en muchos sitios en España de importar vía aérea las piezas de Argentina. Es materia prima local. Y quedó demostrado que es una política razonable. Llegaron a la mesa varios churrascos, entrañas y una cosa al parecer deliciosa que yo no probé llamada costilla de res (la carne es guisada durante muchas horas a fuego lento). Las piezas de parrilla vinieron en unos enormes y pesados tocones de árbol con unas patatas excelentes o un puré de tal ligeramente picante. Especulamos con que el picor y el color verdoso se debiera a una aplicación de wasabi (kia!).
Respecto a la entraña, yo cometí un error basado en mi experiencia española con los puntos. Cuando en España digo al punto, casi siempre me traen la carne más cruda de lo que a mí me gusta, así que he desarrollado un automatismo para pedirla bien hecha y que así llegue con un rosor satisfactorio. Ayer, pues, pedí mi entraña 'well done' sin pestañear, y fue un error. Porque cuando terminé y me giré a la derecha para reclamar las sobras de mi compañera de al lado, que también había pedido entraña pero al punto, me di cuenta de que estaba mucho mejor. Me quedé con las ganas de sugerir a los jefes que aunque llegue un tipo pidiendo las cosas demasiado cocinadas, hagan como en El Viejo Almacén e ignoren en lo posible su solicitud.
Un alfajor muy rico y un coulant de chocolate (cómo se ha universalizado el bizcochito fluído) sirvieron para cerrar una cena estupenda. Con tips y tax y demás (pedimos dos botellas de vino, que eramos siete), 40 dólares por cabeza.
jueves 15 de octubre de 2009
Autumn in Nueva York: un appetizer
Este anuncio, significativamente orientado a la población hispana, es una prueba de la preocupación neoyorquina por el keep fit y el buen comer, y demuestra que, también en este aspecto, NY es una isla respecto al resto del país. Este domingo en su Magazine, el 'New York Times' se atrevía a traer de la vieja metrópoli ni más ni menos que a Jamie Oliver para enseñar a comer bien a las 'unhealthiest towns' del país.
Y es que ya lo decía Patrick Bateman, ciudadano ejemplar de esta ciudad en la que me hallo por unos meses: "nunca se está lo suficientemente delgado". Y en esa misma línea, añado que Nueva York es un gran sitio para comer bien. Nadie te obliga a ingerir grasientas hamburguesas ni cestos repletos de pringosas 'fries'. Yo por ejemplo he tardado más de una semana en comerme una Lucky Burger.
De hecho, aparte del inevitable bagel de la mañana inaugural, mi primera comida seria fue en un estupendo e irreprochablemente saludable lugar que me topé por casualidad en mis vagabundeos matinales por Williamsburg. El lugar se llama Egg. Cuando llegué allí un martes sobre las 11 de la mañana y con el estómago extremadamente vacío aquello estaba lleno de modernos y otra gente de buen vivir que se suele ver por este refinado barrio de Brooklyn.
En la imagen, que no hace justicia a las viandas, podéis ver mi desayuno de aquella mañana. Una tortilla de queso de tres huevos -aquí todo a lo grande- en un jugoso punto de cuajo imposible de encontrar más que en casa de la mamá de cada cual. A la izquierda, una especie de ligerísima croqueta de cebolla. A la derecha, tomate en conserva de la casa. Sí, de la casa, porque Egg tiene su propia granja, de cuya actividad da cuenta una bonita carta posada en cada mesa. Y al fondo el café. Bueno, ya sabéis cómo hacen aquí el café. Pese a todo, tueste especial especificado en la carta cuyos detalles por supuesto no recuerdo, molido rústico, presentación individual en cafetera de émbolo y tal. Y esa cosa tan civilizada que aquí hacen en todas partes de ponerte por delante un vaso de agua que te rellenan constantemente.
Pero ya iré contando lo que he comido y como por aquí. Además, he encontrado un market que me satisface bastante -dedicaremos un post a las peculiaridades, con sus pros y sus contras, de hacer la compra en los NY- y que me permite cocinarme lo que me place. Así que no me puedo quejar.
miércoles 7 de octubre de 2009
Lucio
Nos cuenta uno de los atentísimos camareros que el secreto de sus archiconocidos huevos estrellados es que todavía se cuajan al calor de una cocina de carbón. Pero yo creo que el asunto viene a ser que, noche tras noche, Lucio se sigue poniendo la chaqueta blanca para recorrer las mesas de su insospechado emporio gastronómico, taberna ilustrada deluxe que teniendo 35 años parece contar al menos el doble. Quién le hubiera dicho a Lucio cuando trabajaba en el vecino Schotis.
lunes 28 de septiembre de 2009
Lisboa
"Piensan muchos españoles que Portugal es un país de pobres y se equivocan redondamente. Portugal es un país de ricos pobres, lo que es muy distinto". Quizá en este aserto defendido por el filósofo Gabriel Magalhães en el 'Culturas' de 'La Vanguardia' de la semana pasada se encuentre una de las claves para entender las particularidades de esa pequeña nación que muchos por aquí conciben como mero apéndice, pero que como su historia evidencia tiene una considerable potencia y una enorme capacidad de irradiación.
Quizá en esa condición de ricos pobres se encuentre la explicación a la dignidad que a mi juicio es el rasgo predominante de lo portugués. Versión si se quiere de la pulgosa hidalguía hispana, pero en aseado, luminoso y elegante (a lo mejor por su proyección oceánica), y que lejos de tener su eje en la ceñuda reivindicación de una supuesta pureza de sangre lo encuentra en la búsqueda espontánea de lo bello, capaz de generar precipitados abigarrados y hermosos como Lisboa.
He andado este fin de semana por la ciudad blanca y he corroborado la impresión que había sacado de visitas anteriores. Es un país de una civilidad envidiable. Se aprecia en la gente, se aprecia en sus edificios, y se aprecia en la comida, y en cómo y dónde la sirven.
La dignidad de la cocina portuguesa. Nos llenamos la boca hablando maravillas, y con razón, de cómo se come en España. Pero cuando uno entra en cualquier pequeño restaurante o snack bar lisboeta y se sienta a comer estupendamente por cuatro duros se pregunta inevitablemente si una gastronomía a la que le falla el pilar de la restauración humilde puede presumir de algo. La caspa del Menú del Día sencillamente abochorna cuando la confrontamos con el honesto y civilizado formato de los almuerzos portugueses. La omnipresente sopa -de verduras, de legumbre, de pescado- por apenas 2 euros en el sitio más caro -¡hasta por 0'90 la hemos visto en algún lado!-. De segundo, en cualquier lado podremos elegir entre varios platos de carne y de pescado, y todos primorosamente acompañados de ensalada, arroz, patatas... Lo que sea. Comidas equilibradas y que casi siempre caen bien en el estómago. Y una cosa decisiva: por humilde que sea el lugar, siempre le servirán a usted un vino digno, y que por lo tanto no precisará de gaseosa ni de una temperatura polar para poder ser ingerido.
Pido perdón por este manifiesto de lusofilia un poco papanatas, pero tenía que soltarlo antes de que se me pasara el entusiasmo. He recordado el muy bonito restaurante de barrio donde comí el viernes y me he puesto reivindicativo. Olvidé su nombre, pero si estáis alguna vez por Saldanha a la hora de comer, buscadlo: está en la calle Filipe Folque, haciendo esquina con São Sebastião da Pedreira (aquí).
Os puedo hablar bien de un par de sitios a los que fui a cenar: el Pão de Canela, en la preciosa Praça das Flores, un rincón de Bairro Alto que por no estar en su zona más trillada se conserva al margen de la horda turística. Por allí está también el Kinjolas (Rua O Século, 127), un buen japonés ajustadito de precio. Una vez superado el golpe de calor que nos sobrevino al entrar (30 grados en ese diminuto local, o al menos eso confesaban las pantallitas de dos apagadísimos aparatos de aire acondicionado que allí había), pudimos comprobar que el sashimi estaba bastante rico.
El sábado nos quedamos con las ganas de entrar a cenar en un sitio muy bonito y que prometía, el Chafariz do Vinho. Lástima que estuviera lleno. Pero en la misma calle hicimos el que quizá fue el descubrimiento del viaje. Casi nos pasa inadvertida la existencia de Os Goliardos (Rua Mãe d'Água, 9), un bar de vinos que es en realidad mucho más, como podéis ver en su web. El botellerío y las fotos en las paredes de los más de 500 productores vinícolas de toda Europa que los dueños del negocio vienen frecuentando desde que lo abrieron hace cuatro años demuestran el pedigrí enológico del lugar. Pero es que además tienen este precioso patio al fondo,
que encontramos así de vacío un sábado por la noche, y así debe de estar casi siempre. Ocupado como está el gentío en trepar a Bairro Alto y empaparse de tipismo y multitud no se fija en joyitas de aledaño como esta. Con el entusiasmo no reparamos en la etiqueta del tremendo blanco del Alentejo que nos bebimos.
Me quedé con las ganas de parar en muchísimos sitios, como la Casa do Alentejo; pero es que tres días no dan para nada. Al menos sabemos que a Lisboa siempre se vuelve.
martes 22 de septiembre de 2009
Isla Mujeres
Pregunta sencilla: ¿Dónde puedo tomar una San Miguel?
Pregunta difícil: ¿Dove posso prendermi una San Miguel ?
Yo, Indiana Jones de los bares, Colón de las tascas populares, Marco Polo de las cervezas, encontré la respuesta a la segunda pregunta, la difícil...muy difícil, porque en Italia no es nada fácil encontrar un sitio agradable donde tomar una San Miguel fría.
El sitio se llama 'Isla Mujeres'...y si fuera la paradisiaca isla mexicana, este post no tendría ningún sentido, pero yo estaría bastante más moreno. No, mí Isla Mujeres es un restaurante mexicano y se encuentra en el centro de Vasto. Mejor dicho, Isla Mujeres es el mexicano de Vasto. ¿Il messicano tiene San Miguel? Claro, tiene todo lo que tiene que tener un restaurante/cantina mexicana (más cantina, diría yo...): tequila, las hermanas 'modelo', nachos, burritos...pero el grifo San Miguel es el gran protagonista, sin duda.
Día de playa, el sol aún en la piel, acabas de cenar un plato mediterraneo al fresco de una terraza y ves el grifo: piensas sólo en una caña fresca y bien tirada...ay...
La cantina Isla Mujeres es el típico sitio que nunca aburre: parece organizar las noches que quieres...Un servidor, aquí, se ha tomado la molestia de comprobarlo en distintas ocasiones y en distintos horarios (una investigación detallada, sin duda...). Se ha aplicado tanto que más de una vez ha cerrado el bar, para ver hasta que punto es cierto el mito que se ha creado alrededor del messicano. Y dice: ¡Isla Mujeres está padriiiiisiiiiiimoooo!
PD: posiblemente la conexión San Miguel-caña bien tirada se debe a la idea más general: España-caña bien tirada.
Una canción: Messico e nuvole, Paolo Conte (en Spotify)
Pregunta difícil: ¿Dove posso prendermi una San Miguel ?
Yo, Indiana Jones de los bares, Colón de las tascas populares, Marco Polo de las cervezas, encontré la respuesta a la segunda pregunta, la difícil...muy difícil, porque en Italia no es nada fácil encontrar un sitio agradable donde tomar una San Miguel fría.
El sitio se llama 'Isla Mujeres'...y si fuera la paradisiaca isla mexicana, este post no tendría ningún sentido, pero yo estaría bastante más moreno. No, mí Isla Mujeres es un restaurante mexicano y se encuentra en el centro de Vasto. Mejor dicho, Isla Mujeres es el mexicano de Vasto. ¿Il messicano tiene San Miguel? Claro, tiene todo lo que tiene que tener un restaurante/cantina mexicana (más cantina, diría yo...): tequila, las hermanas 'modelo', nachos, burritos...pero el grifo San Miguel es el gran protagonista, sin duda.
Día de playa, el sol aún en la piel, acabas de cenar un plato mediterraneo al fresco de una terraza y ves el grifo: piensas sólo en una caña fresca y bien tirada...ay...
La cantina Isla Mujeres es el típico sitio que nunca aburre: parece organizar las noches que quieres...Un servidor, aquí, se ha tomado la molestia de comprobarlo en distintas ocasiones y en distintos horarios (una investigación detallada, sin duda...). Se ha aplicado tanto que más de una vez ha cerrado el bar, para ver hasta que punto es cierto el mito que se ha creado alrededor del messicano. Y dice: ¡Isla Mujeres está padriiiiisiiiiiimoooo!
PD: posiblemente la conexión San Miguel-caña bien tirada se debe a la idea más general: España-caña bien tirada.
Una canción: Messico e nuvole, Paolo Conte (en Spotify)
martes 25 de agosto de 2009
Siempre joven... con vermú spagnolo
Otra escena de Cocktail: Lavapiés. Diciembre. Un cumpleaños. La mágica cifra de los 30. Tienes mucha suerte, aunque sientas que no. Las ojeras de un curro absorbente y la mente ausente pensando en quien no está te inclinan a pensarlo. No es así. Una botella de dos litros de vermú Valdepablo hará las delicias de los invitados. Un buen amigo italiano, se ofrece al rescate. Te acompaña a todas las tiendas de tu barrio, calle arriba y abajo, con una paciencia infinita y sonrisa profidén.
Tras el aprovisionamiento de pan árabe, hummus, albahaca fresca y otras delicatessen entra en tu cocina, amablemente te echa, y comienza a preparar un digno menú cumpleañero. Ha traído por su cuenta tortillas mexicanas de maíz recién hechas. Y va a preparar fajitas. Intentas poner orden en casa. Metes toda la ropa sucia en el cesto de la ropa. Pones música. Abres una botella de vino blanco. Ya eres mayor para beber lo que te de la gana. Nada de fingir orgasmos con vino tinto.
Van llegando a casa los invitados. Hay whisky, ron, vodka, ginebra, todo primeras marcas. Sin embargo triunfa un vermú español. Oh!El cocktail más deseado es sencillo de preparar. Se rellena de hielos un vaso grande, digamos modelo Pokal . Bendita Ikea. Se añade un generoso chorro de vermú Valdepablo. Se añaden unas rodajas de naranjas frescas -es invierno- y Sprite.
La botella del vermú gallego no es para nada glamourosa. A falta de buena imagen, y un gran déficit de marketing, su precio no excede los 3 euros. Un cocktail tan modesto desplaza al resto de licores y espirituosos a un segundísimo plano. La comida es estupenda. La compañía excelente. Y la bebida entusiasma.
Una canción: Siempre joven, de Lorena C. Un local: La escalera de Jacob. Un barrio: Lavapiés. Un cocinero: Massi. Un vermú: Si no hay Martini, cualquier otro, Valdepablo por ejemplo.
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