miércoles, 11 de febrero de 2009

Kabuki

Casi puedo decir que mis deseos fueron órdenes... Jota Torregrossa nos leyó y tomó la iniciativa de llevarnos (siempre plural mayestático) esta noche a Kabuki. Poco que decir; apenas mostraros esto:


Futomaki de anguila. Esto, y el tartar de 'toro' con angulas y caviar, y el sashimi de toro... Grandiosos.

sábado, 7 de febrero de 2009

Lo que viene a ser un calçot

Cuando me preguntan, yo desde mi ignorancia lo defino como una especie de puerro/cebolleta. Y al ilustrarme resulta que no estoy tan errado. El martes, dentro de la serie de celebraciones en torno al desguace de Factoría, comimos calçots en Casa Jorge.



Te pones un mandil para no mancharte. Se cogen, se pelan -hay que quitar las capas quemadas-, se mojan en salsa romesco y se introducen en la boca tal y como Diana se comía las raticas en 'V'.

Aunque mejorable en ciertos aspectos (como el postre; correcto con la crema catalana, pero la cicatería de ofrecer como única alternativa el condenado sorbete al cava no queda muy bien), está chévere y generoso el menú calçotada de Casa Jorge. Te abren el apetito con pa amb tomàquet para acompañar unas butifarras, escalibada y exqueixada. Después vienen los calçots, y cierran con las carnes: conejo y chuletitas de cordero. Para beber te dan a elegir entre un Vega Ibor, catalanísimo tinto seiseurista de La Mancha (que para ser justos estaba muy rico) o cava. Treinta y cinco euros por cabeza. Precio que no se puede ajustar mucho más. Pros y contras de los menús cerrados, que en el fondo siempre te hacen sentir como un turista bobalicón, aun en tu propia casa. Quedamos, en cualquier caso, satisfechos. Y como el año pasado, me llevé el mandil de plástico de recuerdo.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Bueno, bonito y barato: Naomi


Fruto de la casualidad, y también un poco de nuestra creciente desesperación, Ana, Fernando y yo improvisamos ayer un algo que hacer después del trabajo. La cosa acabó con nuestros huesos en Naomi, decano de la cocina japonesa en Madrid que, tal y como advierten a la puerta, el 7 de septiembre de este año cumplirá 35 años. Lo que iba a ser una simple sopa y a casa terminó con dos botellas de un Cigales muy correcto y dos de sake vacías.

El factor sopa vino con dos de miso para Fer y para mí y una contundente Tanuki Udon para Ana. Udon son unos tremendos fideos, por llamarlos de alguna manera, que flotan en el cuenco como tentáculos de alguno de esos monstruos monumentales a los que los japoneses son tan aficionados. Nos gustaron mucho un par de aperitivitos que pedimos a instancias de la desenvuelta jefa de esta particular casa de comidas de la calle Ávila: el Nasu dengaku, berenjena cocinada con miso y sésamo, y el Maguro natto, atún con soja fermentada ligado con huevo. Después vinieron el sushi y el sashimi variados, de los que básicamente di cuenta yo y que estaban ciertamente ricos. Del sashimi, destacar el pedacito de vieira y el atún.

Mi experiencia en japoneses es reducida; más allá de mis frecuentes paradas en el socorrido Nagoya, y a la espera de que alguien se digne a invitarme al suntuoso y en boca de todos Kabuki, quizá el Robata al que me llevó un día mi buen amigo Jorge Torregrossa fuera hasta ayer mi mejor recuerdo en la materia. El Naomi me pareció un gran sitio, y muy ajustado en el precio para lo que suelen ser los japoneses -no los súbditos de Akihito, sino los restaurantes instalados por acá bajo bandera del sol naciente-. Volveremos, y si puede ser el 7 de septiembre, mejor que mejor.


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Por cierto: hoy hubo calçotada. Mañana o pasado os lo cuento.

domingo, 1 de febrero de 2009

Fast food doméstico (II)


Otra solución exprés y frugal a las hambres 'round midnight: un par de huevos, ni cocidos ni pasados por agua (cinco, seis minutos), salpimentados, con un poco de cecina picadita y algo de la vinagreta de mostaza preparada para el apunte de ensalada que acompaña. Una vez más, por encima, mis inevitables pipas de calabaza.