jueves, 12 de noviembre de 2009

Zabar's


Calle 80 con Broadway: Zabar's. Llamarlo supermercado sería inelegante e inexacto. Es un lugar sublime para hacer la compra. ¿Y qué necesidad tenemos de hacer la compra en un sitio 'sublime', pelma?, os preguntaréis no sin cierta irritación los que en el Lidl encontráis todo lo que precisáis. Pues muy sencillo, os diré yo: sobre la compra se construye nuestra vida cotidiana, y estoy convencido de que si en hacerla bien encontramos un placer, sencillo pero esencial, las cosas nos irán mejor y seremos más felices.

La cuestión es que en el mundo acelerado y retractilado en el que nos desenvolvemos, encontrar tiempo y lugar para hacer bien la compra puede resultar complicado. Las galerías comerciales languidecen o desaparecen. Los viejos mercados que sobreviven a la expansión de las grandes cadenas de alimentación lo hacen como exóticos recintos consagrados a la delicatessen para el turista y el decadente.

Los neoyorquinos son de los ciudadanos más acelerados del planeta, pero procuran hacer la compra en sitios bonitos, sosegados y sobre todo muy bien surtidos. Supongo que forma parte del simpático esnobismo colectivo que cultivan. Dejo al margen los deli de cada esquina, con sus deslumbrantes escalas cromáticas de frutas y hortalizas de todas las procedencias alineadas a pie de calle por inmigrantes ilegales que trabajan de sol a sol para mantenerlos abiertos las 24 horas del día. Pienso más en establecimientos como los ubicuos Whole Foods, que viene a ser la franquicia del market excelente y orgánico. El mío, el de al lado de casa, es el Central Market, en la calle 110 entre la Octava y Manhattan Avenue, y está bastante bien.

Pero lo que me gustaría de verdad sería tener más cerca Zabar's. Esta es su historia y su filosofía, para que os hagáis una idea del lugar. Hasta la prosa sencilla y precisa de la presentación es elocuente respecto a su excelencia.

Entras, y lo primero que te encuentras a la izquierda es su fabuloso rincón del encurtido y la aceituna, que no es sino apéndice y prólogo de la fastuosa sección de quesos que ves de frente y que ocupa prácticamente un quinto del local. Obviamente tienen de todo y de todas partes; hasta bolsitas con cortezas de parmesano a centavos la libra, que supongo tendrán alguna secreta utilidad. Recórrelo en zig-zag y contemplarás embobado la feliz actividad de la carnicería, la sección de platos preparados o la panadería y la variada abundancia del mostrador de ahumados o el rincón del café.

Una de las grandes cosas de Zabar's es que se ha mantenido acotado; no ha crecido hasta alcanzar dimensiones que harían peligrar su excelencia. Tiene una variadísima oferta de productos muy concretos. Pero lo mejor de todo es que no es especialmente caro. Y uno, acostumbrado a los provincianos 'aristocratismos' de Mallorca o Sánchez Romero, marcas madrileñas que podrían recordar muy pálidamente la oferta de Zabar's, alucina.
(Como la señora de la imagen, sacada de la web de Sánchez Romero, que parece mirar su ticket y decir, al borde de la catatonia: "no puede ser")

martes, 10 de noviembre de 2009

Un asiático (y un italiano) en Valdemoro

Explicar como y cuando mi suerte me ha llevado a Valdemoro es un poco largo y poco interesante. Pero el día que pasé allí fue bastante divertido...Sé que había prometido ir a un sitio nuevo de Madrid, con gente guapa...tarde o temprano la gente guapa irá donde voy yo (única posibilidad para que escriba algo acerca de la comida y de la gente guapa).

Ah, Valdemoro, claro...Bueno, el caso es que yo estaba allí con unos amigos y era hora de comer. Yo tiro siempre hacia el monte, es decir, hacia un restaurante español de barrio, pero quien come comida española todos los días, luego quiere ir a un asiático. Normal.

...y allí estaba yo, riéndome en buena compañía en un restaurante asiático en Valdemoro. El sitio en cuestión se llama 'Bamboo' y me ha sorprendido. Mucha elección, platos de varios países, con un óptimo servicio y la comida muy muy rica.

Así que, si algún día la suerte os lleva a Valdemoro, es hora de comer y queréis asiático, ya sabéis: 'Bamboo'.


En fin, os puedo asegurar que si se dan las justas circunstancias, un día en Valdemoro es una experiencia única.

Una canción: 'Freak', Samuele Bersani.


lunes, 9 de noviembre de 2009

La redención del perrito


Embriagado por los atractivos de la gran ciudad, me faltan tiempo y ganas siquiera para pasar a limpio las numerosas notas mentales de mi experiencia neoyorquina. Quizá por ser domingo he tenido un repente de decencia y he pensado que en lo que respecta a DondeComenDos ya era hora de reportarse, aunque fuera sumariamente.

Y he pensado (otra vez) que mi primer perrito neoyorquino podría ser un buen asunto. Sí, sí, como lo oyen. Llevo aquí ya un mes y hasta ayer no me había metido para el cuerpo un ejemplar del que pasa por ser uno de los prototípicos bocados de esquina de esta ciudad que, además de nunca dormir, nunca deja de engullir.

Pero mi perrito inaugural no ha sido precisamente un chucho. Ayer deambulaba por Park Slope rumbo al Salón del Cómic de Brooklyn cuando en la calle Bergen, formando parte de un primoroso alineamiento de bonitos comercios en un edificio recién restaurado, encontré primero la Bergen Street Comics, un lugar maravilloso donde pasé un largo rato hojeando joyitas, y después, ya con el apetito azuzado, y casi pared con pared, un local que emitía apetitosas fragancias llamado Bark.

Reproduzco la declaración de intenciones que los patrones de este particular comedor han hecho imprimir en sus menús: "Nuestra misión en Bark es ofrecer a nuestros clientes una experiencia increible. Simplemente nos encantan los perritos, y esta devoción alimenta nuestro deseo de ofrecer una comida y un servicio excelentes. En Bark llevamos a cabo una interpretación artesanal del fast food. El fast food ya no tiene por qué ser barato, producido masivamente, alterado química y genéticamente y despersonalizado. Siempre que es posible, compramos nuestros productos, carne, leche y cerveza a proovedores locales, orgánicos y sostenibles".

Puede sonar a coartada, pero un pequeño local como Bark no tiene necesidad de adoptar eslóganes falaces a lo McDonalds. Además, si un tipo refinado como yo decidió entrar allí será por algo, ¿no? Bueno, pues en efecto. Aparte del excelente interiorismo -en esta ciudad saben montar los sitios; nada de abrumadoras luces cenitales, por ejemplo-, en Bark hacen las cosas muy bien, y si presumen de haber redimido al hot dog de una vida barriobajera es porque pueden. Yo opté por una de las versiones más sencillas de cuantas allí ofrecen, el NYC Classic, con cebolla roja, mostaza y una especie de confitura de tomate. Lo veis ahí arriba. Pero es que estaba realmente bueno. Como las fries salpimentadas, caseras desde el corte y con su poquito de piel, eso que aquí tanto gusta. Y la Sixpoint Bengali Tiger, cerveza del país que pega fuerte pero no tiene el espesor empalagoso de otras americanas.

El Bark está justo a la salida del metro de Bergen St., así que no resultará difícil volver para probar su egg sandwich, clasificado hace un par de semanas por el 'New York' como uno de los nueve mejores de la ciudad.

(foto Flick barvaron)

sábado, 31 de octubre de 2009

Fête des Vendanges

'Salut les copains!', demos un respiro a Martínez y a su rastreo neoyorquino y pongamos pies y paladar en suelo francés.

Hablar de comida en París… sólo se me ocurre decir: “¡Vaya papelón!”. ¿Por dónde empezar? El queso, el vino, el pan, la patisserie… Desdramaticemos. Los franceses son los mismos que creen contar con los mejores chefs, aquéllos que aplican su delicatessen al producto extranjero (el queso manchego cuesta 22 euros el kg.) y los que ponen de oferta los tomates ajenos -valencianos para más señas- ignorando que su sabor supera con creces al de los propios. Pero para no caer en abstracciones, ni en debates de mesa y mantel, abrazo la primera que me viene dada.

Ocurre en Montmartre, desde 1933. Cada segundo fin de semana de octubre se celebra la Fête des Vendanges. Le viene al pelo porque antiguamente esta colina, barrio que atrae la atención de los turistas por su fama bohemia y canalla, estaba llena de viñas.

Uvas, vino, Dioniso y... voilà, tenemos la ecuación. Donde ahora se encuentra la basílica del Sacre Coeur decapitaron a San Dionisio y así se explica eso de “Monte del mártir”.

Por estas fechas, los alrededores del distrito 18 en fiestas se llenan de carpas divididas en regiones dispuestas a descentralizar el país por unos días.

El menú, variadísimo, lo marca un recorrido de norte a sur. El mío: De primero, ostras de Bretaña, que saben a mar que da gusto, de segundo, setas sazonadas de la comuna de St. Chamond (cercana a la ciudad de Saint-Étienne) con caracoles salvajes, después un poco de embutido de la montaña -hay para escoger (nature, herbes, fume…)- y de postre nougat de la región de Limousin, que es como nuestro turrón de Alicante pero con sabores diversos (chocolate, café, praliné, canela...).


En conserva me llevé el plato estrella: el pato (o canard), y ya tengo mi aportación de cara a la próxima Nochebuena. Vendido en foie, pâté o caliente a la brasa, la gente lo comía hasta en bocadillo (por 5 euros).

Al otro lado de la feria triunfaba una especialidad similar con toque español -por eso de que el protagonista era el jamón-. La mejor baguette, ésa que está bien metida en harina, el embutido citado y la feliz y francesa idea de llevar una estufa que derritiera el queso. Para ver fuegos artificiales.