jueves, 13 de agosto de 2009

Líquido I

Escena sencilla: salón de un piso compartido de Madrid, luz baja de una lámpara Ikea (más bien fea), una quincena de personas (guapas, claro…), dos sofás, una mesa. Ligera niebla, modelo 'reunión sindical'. Música yankee.

Sobre la mesa: patatas fritas, jamón, queso y canapés. Para beber, lo típico: vino, cerveza, ron, whisky, ginebra…Lo típico hasta que llegan los italiani con una botella de Martini Rosso y una de Campari. “Amigos, os presento al Conte Negroni”. Toooodo un éxito...

La historia del Negroni, el último gran invento del Belpaese (si quitamos el catenaccio…), es muy sencilla. En Florencia, durante el ‘Biennio Rosso’, el Conte Camillo Negroni solía ir al Caffé Casoni y tomar como aperitivo un Americano con ginebra…po’, un Negroni.

Preparación: en un vaso ancho poner hielo y rellenar con vermouth rosso, Campari y ginebra en partes iguales. Indispensable sumergir una lonchita de naranja en el líquido. Es el aperitivo perfecto.

Para tomarlo en Madrid, aconsejo Non solo Caffé (que lo haga el camarero más delgado y con pelo corto, que se lo curra más…). El sitio es perfecto para tomar un buen aperitivo. Aún no he probado la cocina, así que no puedo decir nada…

Dos avisos importantes: provoca adicción y emborracha.

-No conduzca si has bebido; no bebas si conduces…y sobre todo, ¡no bebas mientras conduces!-


Una canción: Furore, Vinicio Capossela ('Camera a Sud', 1994)

jueves, 6 de agosto de 2009

I love spicy León


Todos los años, al llegar a Sabero había que cumplir con algunos ritos. Coger ortigas aguantando la respiración, sacudir las telarañas de las bicis, tirarnos del tobogán de dos lenguas, bañarnos en el río, comprar cebolletas y petazetas en el kiosco de Iris, gominolas y cortezas de trigo en Florencia y el broche final: comprar una bolsa de patatas picantes en el Casino.

Dan mucha sed y están impregnadas de especias. En las bolsas no quieren desvelar el secreto. ¿Qué las añadirán? Puede que las añadan pimentón picante, el dulce pocas veces se encuentra en las despensas leonesas. O puede que las sumerjan en aceite caliente con guindillas y chupen el sabor, la forma en que probablemente se preparan en Casa Blas, una taberna cercana al Hotel San Marcos.

A Blas, un anticuario retirado, un buen día le dió por sacar la sartén y cortar patatas en rodajas muy finas, añadirlas un puntito de sal y otro pellizquito de picante. Esas patatas panaderas con sabor a guindilla son muy populares en la mayoría de bares del Húmedo. Os recomiendo pedir un cucurucho cuando visitéis esta zona de León. Sobre todo si váis en Semana Santa, para neutralizar el alcohol de las limonadas.

El hijo de Blas fue de los primeros en abrir una fábrica de patatas fritas. Por eso tal vez el secreto de las patatas chips leonesas que dejan aliento de dragón es un buen puñado de guindillas escondidas en el interior de las freidoras industriales.

Tras cinco años de ausencia, fue posar los pies en Sabero e ir de inmediato a comprar una bolsa. Fue dificil. Matutano obliga a los bares a vender sólo sus productos. No dejemos que León pierda su picante. I love spicy León.




lunes, 13 de julio de 2009

Weekend: de entrañas y variantes


El Viejo Almacén de Buenos Aires de la calle Villaamil, templo madrileño de la carne a la argentina -cortes, materia prima 'par avion', tango, matesito, alfajores, dulce de leche, fetiches de Gardel y Maradona revistiendo las vetustas paredes de una vieja casa baja en las estribaciones de Tetuán- fue arbitrariamente expropiado y derribado en marzo de 2007. Todavía se puede contemplar el ominoso vacío que dejó aquel sitio tan bonito: a qué, pues, las urgencias por hacerlo desaparecer. Me lo expliquen.


Antes de que el atropello se consumara, los responsables ya abrieron un nuevo Viejo Almacén no muy lejos, al otro lado de Herrera Oria -la Carretera de la Playa de toda la vida-. En un recodito de Ramón Gómez de la Serna se encuentra el local que nació como sucursal. Hasta ayer no lo había visitado, y la verdad es que el temor de toparme con un restaurante sin el sabor del otro quedó rapidamente despejado. Todo está tan bonito como ashá, y por supuesto tan rico. Entre cuatro nos despachamos medio kilo de lomo alto y una entraña, ni mucho ni poco (arriba, los restos: sólo dejé la piel de la entraña).

Normalmente nos mola que nos pregunten cómo queremos la carne; aquí sólo lo hacen retóricamente, porque saben perfectamente cómo tienen que dejarla. Y le parecerá perfecta tanto al amante de la sangre como al asquerosito de las cosas crudas. Con grisines (y el mismo surtido en plato de madera que ponían en Villaamil: aceitunitas, pepinillos, cebollitas, pate, roquefort, etc.), las correspondientes cervecitas, una ensaladita de tomate y mozzarella de búfala, vino (el patagón, durito pero agradable, Postales del fin del Mundo, Cabernet y Malbec de 2008), los postres (alfajor y panqueque de manzana) y los cafetines, salimos a 26 euros por cabeza.


El sábado caí accidentalmente en La Vaguada y me entregué un poco al fragor de unas rebajas que creía que este año me resultarían ajenas porque nada me cabe en el armario. Algo me compré, y de paso me topé con La Rapa, una tienda de variantes fabulosas que al parecer es franquicia. Me conformé con unas berenjenitas y unas muy ricas aceitunas aliñadas a la antigua, pero los pepinillos-túmulo rellenos de todo tipo de cosas prometen, y demuestran que estas viejas cosas siguen entusiasmando a una mayoría.

lunes, 6 de julio de 2009

¡Caravia!


Lo he dicho, lo digo y lo diré: a mi juicio se trata de uno de los mejores sitios para comer del Oriente de Asturias. Y no es ditirambo, de veras. Porque el placer que proporcionan sus fabes con andaricas, su rape a la plancha y su pudin de castañas rivaliza con las más exquisitas sensaciones de un templo de la gastronomía al uso por su inmejorable relación calidad/precio.

Restaurante Caravia, a secas. Como el concejo donde se encuentra. En los bajos de un hotel de carretera. Digamos, pues, que de primeras no es el típico sitio que te entra por los ojos -en tierra donde además cada vez se curran más lo de la escenografía-, aunque una vez cruzamos la puerta el comedor resulta perfectamente agradable. Siéntense, cojan la carta, y cuando vean fabes -con andaricas, es decir, nécoras; o con bogavante; o con jabalí cuando es temporada, porque los de la casa son cazadores habituales en el inmediato Sueve- pídanlas. Con una ración tendrán para dos o incluso para tres. En la imagen superior pueden ver lo que les aguarda, con mi señora madre peleándose con su nécora.

Verán pixín (rape en cristiano) a la plancha. Lo piden. Porque yo no lo he probado igual en ningún lado. Y porque si de apetito andan moderados y antes han dado cuenta de las correspondientes fabes, también comerán dos.


Y verán pudin de castañas, y también tendrán que pedirlo porque será de las cosas más ricas y delicadas que en materia de postres hayan tomado nunca. Leve decepción el otro día, al que corresponde la foto (en la que equivocadamente puede pasar por un flan casero sin mayor trascendencia): han sustituido el helado que lo complementaba por unos moñitos de nata que desmerecen por completo. Se lo advertimos a la camarera y esperemos que tomen nota. Ofrecemos una alternativa: el biscuit de higos también está tremendo.

No hablaré aquí del muy digno menú de batalla de entre 10 y 12 euros que ofrecen todos los días de la semana. Cuando vas a Llanes y apenas hay un par de sitios donde comer porque el resto han adoptado un paradigma levantino de mezquindad y trapisonda impropio de una tierra de muy buen comer; cuando los buenos sitios se suben desmesuradamente a la parra con los precios (véase el cercano Foyu, en Colunga, o La Parrera, en Niembro), Caravia se mantiene y nos mantiene embelesados año tras año.